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Liderazgo

Tres Décadas de Confianza

Hace exactamente una década, IE University Lifelong Learning me ofreció liderar como director académico un programa dirigido a primeros ejecutivos que afro…

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Hace exactamente una década, IE University Lifelong Learning me ofreció liderar como director académico un programa dirigido a primeros ejecutivos que afrontaban el reto de rediseñar su estrategia en entornos digitales. El desafío era enfrentarse a una realidad donde lo digital ya había cambiado las reglas del juego. En aquel momento, la semántica dominante era “transformación digital”.

La semántica es el territorio de los orfebres de la palabra. Maestros plateros del lenguaje que construyen promesas sobre la base de los retos de cada era. Resulta curioso que hoy hablar de transformación sea más necesario que nunca y, sin embargo, probablemente ya no lo llamemos así. Somos seres que construimos la realidad a través del lenguaje. Y como seres lingüísticos, también somos caprichosos.

En su momento decidí que la mejor forma de traducir el reto de transformar organizaciones en una nueva era digital era reducir la hazaña a conceptos atemporales. Quería evitar que cualquier ejecutivo asociara transformación con neologismos ininteligibles. Elegí una fórmula matemática con un toque lírico:

La función de la transformación digital consistía —y consiste— en maximizar el valor de una organización a partir de personas, datos y tecnología, todo ello elevado a la confianza. El valor lo determina el consejo de administración —junta directiva, patronato o consejo rector— que ostenta el mandato fiduciario de la propiedad. Maximizar significa obtener el mejor rendimiento posible de los elementos disponibles. Y esos elementos catalizadores siempre fueron los mismos: personas, datos y tecnología. Pero si la confianza se vuelve negativa —si el exponente cae por debajo de cero— la fórmula se desploma.

Volvamos treinta años atrás. En la segunda mitad de los noventa, el reto era aceptar que una nueva ola de comunicaciones transformaría el mundo. Los teléfonos móviles emergían y aún nos debatíamos entre analógico y digital. El correo electrónico comenzaba a institucionalizarse, Yahoo dominaba el paisaje y en España el primer buscador llevaba el nombre más castizo posible: Olé. Éramos bebés digitales.

Personas accediendo a una red inmensa de contenidos basada en el protocolo “http”, creado pocos años antes por Tim Berners-Lee. Para conectarse hacía falta un terminal, una línea telefónica y servicios RDSI que pronto darían paso al ADSL. Tecnología habilitando datos, datos conectando personas. Y fue nuestra confianza la que permitió el salto de época. Google aún no había nacido.

Entramos en los 2000 entendiendo que la web era un espacio de encuentro. Internet abría una conversación global, como proclamaba The Cluetrain Manifesto: las personas ya estaban hablando con una voz humana, no corporativa. Las empresas debían aprender a participar en esa conversación.

LinkedIn nació en 2002, Facebook en 2004 y Twitter en 2006. Personas conversando a través de plataformas tecnológicas que dejaban una traza constante de datos personales. Google, nacido a finales de 1998, se dedicó a organizar ese océano informativo. La confianza estaba en máximos. El usuario generaba contenido y la esperanza de una era mejor parecía plausible.

La década de 2010 trajo el smartphone y desplazó a la web como interfaz dominante. Las aplicaciones nativas y la mensajería instantánea distribuyeron datos a una velocidad inédita. La cantidad de información que una persona generaba en un año pasó a generarse en un día. Pero no toda era cierta. Sin advertirlo, sembrábamos la siguiente oleada: big data en expansión y confianza erosionada por la post-verdad. Aparece la desesperanza.

Apareció entonces un modelo descentralizado basado en blockchain, concebido por cypherpunks en plena crisis financiera. Prometía reconectar personas, datos y tecnología bajo un “protocolo de la verdad”. Otro anhelo de esperanza. Sin embargo, la especulación desvió la promesa. La confianza volvió a resentirse.

Y llegó la década de 2020 con una pandemia que aceleró la digitalización como ningún otro evento en la historia reciente. Un shock que nos recordó la incertidumbre y, al mismo tiempo, impulsó la mayor adopción digital desde el nacimiento de Internet. Hoy, tres de cada cuatro personas dependen diariamente de esa red para conectarse. Personas, datos y tecnología siguen combinándose para generar valor. Solo que ahora hablamos de “post-realidad”, nos cuesta distinguir lo humano de lo sintético.

Frente a nosotros emerge una economía basada en agentes autónomos de IA. Sistemas capaces de decidir en nombre de los humanos, orquestados sobre infraestructuras tecnológicas donde los datos son el nuevo petróleo. El reto se repite, rediseñar la confianza para que personas, datos y tecnología generen el valor que decidamos nombrar como tal. Y no para unos humanos frente a otros. Solo existe un tipo de humano.

Este espacio de colaboración humano-máquina será el terreno donde germine la próxima era de confianza. Una era donde la IA carece de intención. Aunque escriba, hable, dibuje y genere videos como el más virtuoso de los humanos, siempre será un valioso aliado para aumentar a los humanos. Esta es la era de la Inteligencia Aumentada (nueva I.A.). No culpemos a la IA de nuestras decisiones. La necedad, al igual que la conciencia moral, es una prerrogativa exclusivamente humana. No hay consciencia en la IA.

En esta nueva era de IA agéntica, el mandato siempre debe ser humano. No confundamos personificación o antropomorfismo con consciencia. Hagamos que los humanos sean primeros y responsables en este nuevo contexto humano-máquina, y definamos valor y confianza para los próximos 30 años. Yo guardo esperanza.

Quizá, después de todo, estos treinta años no han sido de transformación digital, sino de aprendizaje sobre la confianza. Y los próximos treinta dependerán de cómo decidamos elevar la fórmula.

El autor

Bernardo Crespo

Advisor C-suite en IA, datos y estrategia. CEO de Quantum Markethink y Director Académico en IE. Ayuda a comités de dirección a decidir con criterio en la era de la IA.

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